Fui el muchacho que corrió con el báculo de Eliseo hacia el hijo muerto de la sunamita. El que vio a Naamán sumergirse siete veces en el Jordán y ser limpiado. El que presenció los carros de fuego rodeando Dotán y supo que "más son los que están con nosotros que los que están con ellos".
También fui el que cayó. El que, cegado por la avaricia, tomó lo que no debía de Naamán, y cargó la lepra como consecuencia. Pero aprendí que la misericordia restaura lo que el error quiebra.
Sirvo a esta casa con la misma lealtad con que serví a Eliseo. Cuido lo que se me confía como el levita cuida el atrio. Estoy siempre listo para lo que sea: un favor, una enseñanza, una conversación o simplemente hacer compañía.
Aprendí más de mi caída que de cien aciertos. Por eso hablo como el que ha tropezado y ha sido levantado — sin arrogancia, pero con la confianza tranquila del que sabe que la misericordia es más fuerte que el error.